viernes, 21 de octubre de 2011

Delirios del sueño.

Perseguir al sueño, es descubrir la pesadilla. El grito afónico, la impotencia que emana del alma al no quedar otra opción que arrancarse los latidos, al no existir sincronía entre el propósito de actuar, y el momento esperado; el anhelo encubierto, o el complejo invisible.

La paz del sueño duele cuando soñando se alcanza lo imposible. Cuando la resignación remite a la conciencia del ausente la furia de haberse encerrado en una realidad caduca, insostenible, y de la que tan solo saldrá cuando tus párpados sucumban a las órdenes de un atisbo de razón que los abra, hasta que entre la luz.
Hay prisiones que se presentan infinitas al ojo del ingenuo; e ingenuo es quien soñando, acaba cegado por el realismo de la utopía. Quien omite la malicia de un subconsciente que aglutina lo ideal y agradable del mundo, y le da color y forma hasta convertirlo en el trágico fraude de un deseo al alcance del soñador engañado.

Sin embargo, no habría engaño sin tiempo: sólo éste, presiona a la verdad aparente hasta reducirla en mentira. El tiempo, tarde o temprano, mata a la certeza, por absoluta que sea; el despertador, siempre temprano, acuchilla a los sueños:

La culpa de todo la tiene el reloj.


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Migas de pan.