Coloco las patatas fritas encima de mi barriga, empiezo a mirar la película de turno. Cojo patatas, como patatas, cuando se agotan vuelvo a llenar la barriga y así hasta que se acaba la bolsa. Pero la película aún no ha acabado, por suerte. Yo soy una adicta a las historias que me hacen olvidar que en mi cuarto hace frío. Quizás la solución más coherente sería salir de la habitación, pero la ciudad es demasiado calurosa y la gente se viste triste, con esas muecas feas con maquillaje. Me cuesta mucho encontrar personas con belleza por la calle. En cambio, en las historias que observo sucederse hay bastante que saborear con los ojos, probablemente de ahí mi poderosa decantación por la utopía.
Un día fui a ver el mar y me encontré con un árbol sin hojas, junto a unos bancos vacíos. Era pequeño, tanto que incluso las nubes le quedaban grandes. En un principio, uno podía pensar que se trataba de un pobre ser vivo, solitario y sin color. Yo pensé que estaba justo al lado del mar, y eso era una gran suerte.
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Migas de pan.